Nagasaki, cuando el horror adquiere rostro humano
Visitar Nagasaki implica ingresar a una cápsula del tiempo y recorrer aquellos espacios que fueron devastados el 9 de agosto de 1945 por “Fat Man”, la bomba de plutonio de 4.6 toneladas lanzada desde el bombardero estadunidense B-29 “Bockscar”.
El silencio que se cierne sobre el hipocentro de la bomba atómica, marcado por una estructura negra en un parque, sólo se rompe cada cierto tiempo por algún pájaro que revolotea sobre la copa de los árboles del parque circundante.
El monolito que marca el lugar exacto sobre el cual estalló la bomba tiene en uno de sus costados una cifra escalofriante: 175,763. Aunque en el ataque murieron 40 mil personas y 20 mil quedaron heridas, la radiación que se quedó en el lugar le cobró la vida a decenas de miles de personas años después.
Como un silente testigo de los hechos, a un costado del monolito se encuentran restos de una construcción y unos metros más allá, en una especie de subsuelo, se observan restos de la destrucción que dejó la bomba atómica.
Esta verdadera cápsula del tiempo permite observar tras un vidrio un pedazo de tierra del subsuelo y objetos semienterrados que fueron destruidos por la bomba de 21 kilotones, mudos testigos del horror que debe haberse vivido ese día a las 11:02 de la mañana.(NOTIMEX)]




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